Espiral. La curva que fascinó al matemático Jacob Bernoulli, que la llamó maravillosa. Y la lámpara de Aladino se llenó de celos. Las dibujamos hacia fuera, para que no nos crezcan los deseos al revés. Para que sólo sean tres a la hora de empezar. Por eso el nombre de este espacio, un lugar para trazar líneas. Las de la mano. En forma de espiral.
Atlántico. Océano. Logarítmica. Caótico. Esdrújula (Murciélago). Al otro lado está Conneticut, o como decimos aquí, con-ética. Que dice que si voy para allá.
La Distancia, según mis cálculos. Resulta ser inversamente proporcional a las veces que una persona la recorre. Así lo formulan las matemáticas del viaje. Y la vuelta de esta esquina hay un pueblo. Se llama Middletown, la ciudad del medio. Me parece un nombre bien bonito, en mitad de algo impreciso, que puede ser el mundo.
Ahora. Para que nunca exista un antes y un después. Los viajes que no acaban, porque un día nacieron empezados. Al echarnos de menos. Como poco, mucho.
Y puede que las manos se separen del teclado. Denunciadas por robo, con el bolígrafo en la acusación. O por otras razones. En fase de instrucción. Simple descuido. Por una reflexión a jornada completa.
Propuestas. La de hoy… Inaugura este blog con tres deseos (a la hora de empezar). La norma es que vale arrepentirse, cambiarlos, saltarse el número permitido en cualquier dirección, no escribirlos, copiar el de al lado si te gusta más que el tuyo y cualquier otra norma no contemplada en las normas contempladas.